La Edad De La Peseta


El truco de saber crecer es: Volverse fuerte de corazón, sin perder la ternura del alma

Cada mañana gastaba kilos y kilos de paciencia esperando  a mi hija para llevarla al cole...

No había motivos para su tardanza. El despertador sonaba a la misma hora para las dos, pero, mientras yo, en perpetuo estrés, hacía el desayuno, preparaba su comida, me bañaba, vestía, apagaba luces y sacaba el carro del garaje; Daniela, con desesperante calma, seguía atrapada en un triángulo perverso, baño-espejo-armario.

Hoy, siguiendo el mismo libreto de siempre, llevaba rato esperándola en el carro, así que decidí hacérselo saber. Toqué el claxon una, dos, tres veces. A la cuarta, apareció una ofendidita Daniela que, con la misma delicadeza del papel de lija y un drama digno de la mejor telenovela, me soltó, a grito pelado:

—¡¡Ya voy!! ¡¡No soy sorda!!

Y se dirigió al carro, con esa parsimonia que insultaba mi paciencia.

Venía, como siempre, blindada por su escudo anti balas…

De sus auriculares, salía un violento hip-hop, que sonaba más a arenga que a música.

El aire del carro llevaba roto desde hacía un par de meses y echaba más cuento que frío, pero conforme Dani se acomodó en el asiento, subió su ventana y la cerró a cal y canto, no fuera a ser que un rizo desobediente le declarara la guerra a su peinado ¡Desesperante!

Me encasqueté la imaginaria gorra de chófer, mientras el calor derretía mi pensamiento. Tragué en seco y arranqué.

No soportaba a esa reina en rebeldía en que se había convertido mi hija. Me agotaba su actitud preportente, pero, evité fajarme y me mordí la lengua. Además… ¿Para qué gastar saliva, si ella estaba en otro planeta y mis regaños, sin masticarlos, ni digerirlos, le entraban por un oído y le salían por el otro.?

Para mi sorpresa, los semáforos, por una vez, se pusieron de mi lado. Literalmente, volé. En dos minutos exactos me planté en la puerta de su escuela.

Al bajar del jeep, me regaló un famélico y desganado beso, de esos que al verlos, los sufre, y juras que a tí nunca te pasarán ¡Pues toma! Me tocó…Mi único consuelo era saber que se trataba de la edad y todas estaban cortadas por la misma tijera. Saberlo, no me hacía feliz pero me daba cierto alivio. Chiquito, pero alivio…

Un fuerte portazo me sacó de paso

¡¡OYEEEEE, La puerta no tiene la culpa de tus males!!"— Protesté.

Daniela, sin escuchar ni una coma, sin mirar atrás, se fue mezclando con sus compis hasta perderla.

¡Cómo echaba de menos a mi pequeña! Siempre había sido una niña pegada a mi saya como una ventosa. Extrañaba su risa contagiosa, su beso fácil, sus arrumacos. A esa descarada que se me colaba en mi planeta como si fuera su propia casa.

Su edad me golpeaba fuerte…

Aquella mezcla de desequilibrio hormonal y lengua viperina, golpeaba mi mundo sin piedad. A la primera oportunidad, se convertía en mi látigo, en un momento en que los muchachos son incapaces de aceptar un crítica. y tienen la susceptibilidad a flor de piel. De hecho se rallaba por todo, hasta por respirar. Yo intentaba no perder los estribos con sus estupideces y dejar una puerta abierta para que pudiera , llegado el momento, confiar en mi y que me dejara ayudarla a recomponer sus pedacitos si en algún momento lo necesitaba.

Se me hacía difícil enfrentar su mutación. Su cuerpazo era una prueba evidente del cambio físico. Su hermetismo conmigo, su amor con el espejo, eran alertas inequívocas de que “algo” se estaba cociendo por dentro.

Ahora si que se complicaba eso de ser madre…

Convertida en la chófer de Daniela, sin propina y sin horario, recordé a mi papá cuando a mis trece me preguntaba:

—¿En qué momento dejé de ser tu dios y me convertí en trapeador de piso?

El claxon de otro papá sonó con insistencia, avisando que tenia interrumpido el tráfico. Regresé de inmediato a la realidad y de forma automática, le pedí con un gesto excusas, encoché, puse primera y salí disparada para el trabajo.

Sólo cuando el carro cogió el túnel de 5ª Avenida y llegué al Malecón, me quité el traje de madre preocupada…

¡Me hizo tanto bien dejarme envolver por una Habana que, a esas horas, derrochaba luz a raudales. Su forma desenfadada de enfrentar su decadencia me despejó la mente.

Bajé ventanas. La brisa entró a chorros y me limpió la cabeza. Me concentré en gozar ese espacio de libertad que era manejar a esas horas, casi sin carros, por el Malecón. Me sentía tan bien, sin prisas, sin dramas, sin adolescentes suspirando en el asiento de al lado…

Sabiendo la carretera mía, aceleré. Había que exprimir estos minutos porque en nada tocaba lo que tocaba...

Nota de la autora

Dedicado a mi hija y a esos maravillosos años en la Habana

Foto de Susana Monís

Susana Monís · Escritora

Escribo. No se vivir de otra manera. Mis historias se tejen entre un Madrid donde nací y una Habana donde viví, que marcó mi forma de sentir y de contar.

Comentarios (13)

0 / 500
Javihace 13 h

👏👏👏👏 Santa paciencia!!

Fernandohace 2 días

Ay la adolescencia!!!! Pasado el tiempo lo recordamos con cariño y con nostalgia, cuandoniño/niña ha echado a volar y han dejado el nido. A que si? 😜 Un besazo

La  Edad De La Peseta© Alina Matveycheva
125